26/03/2012

Días 860 y 861 (23 y 24/3/2012): Bailando con Delfines.

Nadar con delfines siempre es una experiencia que emociona, ya lo había hecho otras veces, pero la de hoy ha sido realmente maravillosa, muchísimo más allá de lo habitual, y no sólo porque haya sido en un atolón casi perdido del Pacífico Sur, en plena Polinesia.

Primero os pongo en situación. Estamos en Pukapuka, el atolón de las Tuamotu que os mencioné como posible recalada en el anterior reporte del blog. Hemos llegado esta mañana, la navegación hasta aquí estándar, viento moderado de componente Este, con alguna encalmada o arreciando con los chubascos. Medias de velocidad muy discretas, pero navegación cómoda (entre través y un largo), poco destacable salvo por alguna preciosa puesta de sol.

El primer intento de fondeo ha resultado infructuoso, casi pegados al arrecife la sonda marcaba más de 100 metros de profundidad, no lo podíamos creer, hasta el punto que hemos pensado que fallaba. Para verificarlo usamos una segunda sonda de mano y hasta un escandallo manual, efectivamente la costa caía en vertical. Por supuesto en las cartas no aparece la batimetría (la información de profundidades), no tenemos ningún tipo de información.

Para localizar un punto adecuado tendríamos que navegar en paralelo a la isla, próximos a la rompiente, si había un posible fondeadero de ese modo lo encontraríamos.

Concentrados en dicha tarea apenas hemos remarcado la presencia de delfines a nuestro alrededor, hasta que han empezado a saltar y hacer cabriolas. Eran un montón, más de 20, y se han mostrado especialmente simpáticos y juguetones.

Tanto ha sido así, que ha llegado un momento en que no aguantaba más, y me he lanzado al agua. Su primera reacción ha sido distante, han tardado unos minutos en acercarse a mí.

Sin darme cuenta estaba rodeado por un grupo que nadaba a mí alrededor, varios se han quedado inmóviles a medio metro de distancia, me observaban atentamente…

Ha sido un momento crítico, el contacto inicial, muy suavemente, sin movimientos bruscos, sin miedo, y tratando de irradiar el máximo cariño, me he ido acercando hasta tocar al que tenía más próximo. Con mucha delicadeza le he acariciado el lomo.

No ha hecho falta mucho para que perdieran la timidez inicial, con todo desparpajo se ha dado la vuelta para que le acariciara el vientre, y el que estaba a su lado, celoso, se ha pegado a mí para recibir su parte. A los pocos segundos me faltaban manos para acariciar a tanto delfín que competía por unos mimos.

Todo se ha convertido en una fiesta, me han integrado en sus juegos, iban, venían, saltaban a mí alrededor y sobre todo buscaban mucho el roce, ¿estarían faltos de cariño? o por el contrario, ¿son tan inteligentes e intuitivos que en realidad me lo estaban dando?

Su piel es la más suave y esponjosa que haya tocado jamás. Su mirada refleja inteligencia e inocencia. Sus gestos y expresiones parecen casi humanos. Cada uno tiene su carácter: puedes detectar al más tímido (pero que en el fondo lo está deseando), al atrevido, al cariñoso, al juguetón, el celoso, etc.

Cuando te miran fijamente, con su cara a 15 cm. de la tuya, y giran la cabeza en ambos sentidos, sabes que te están preguntando algo, que rabia no hablar su idioma, porque lo tienen, bajo el agua se les oye comunicarse con toda nitidez, es más, cada uno tiene un tono diferente, llegas a reconocerlos, solo puedes pensar en lo que quisieras decirles, con la esperanza de que logren leer tu mente.

Me cuesta explicar con palabras las sensaciones que te produce estar junto a estos increíbles animales con tal nivel de conexión, de forma libre. Notas su energía, sus sentimientos, te envuelven en una aureola de paz y diversión, una corriente eléctrica recorre tu cuerpo, en cualquier momento podrías estallar a reír o llorar, te absorben de tal modo que a veces se te olvida respirar.

Son animales poderosos, algunos ejemplares superaban ampliamente los 4 metros, de un aletazo podrían partirte en dos, pero no hay miedo, sabes que jamás lo harían, es más, todo lo contrario, no tengo la más mínima duda que ante un peligro serian una ayuda.

En un momento dado me he dado la vuelta buscando la cámara oculta, pensando que aquello era una broma y se trataba de delfines entrenados, pero la única cámara que había allí era la mía, estaba sólo, con ellos, en mar abierto (el barco se mantenía a una distancia prudencial para no interferir).

El punto álgido del juego ha venido cuando me he cogido de la aleta de uno y ha empezado a remolcarme, ha sido lo suficientemente listo como para saber que no tenía que ir hacia el fondo, pero le costaba controlar su fuerza, nadaba despacio unos metros y luego alcanzaba tal velocidad que me era imposible sujetarme, tal vez esa era su forma de divertirse, a costa mía, demostrando que era una criatura tan torpe que no podía seguirlo ni aún agarrado a él.

Se ve que les ha hecho gracia, porque luego varios alternaban la posición panza arriba, para que les acariciara, con aproximar su lomo para que me agarrara y salir nadando. También he probado con dos a la vez, rápidamente lo han captado y me han dado un corto paseo.

No sé cuánto tiempo he estado con ellos, perdí la noción, y habría estado más todavía, pero Jose Carlos se acercó con el barco para pedirme que cambiáramos, como es lógico él y Hugo también querían zambullirse, visto que estaban tan sociables.

Antes de dejarlos me he despedido, con caricias y hasta con abrazos, que han aceptado inmóviles, se diría que me entendían en todo momento. Cogido a ellos parecía que estábamos bailando, la danza de la despedida…

Desde el timón los veía retozar y jugar como yo lo había estado haciendo, con envidia, porque hubiese deseado estar en el agua, pero feliz de que mis amigos compartieran la experiencia.

Cuando Jose Carlos ha subido al barco no podía ni hablar, su mirada perdida indicaba el grado de conexión y sentimientos que le habían hecho aflorar. Hugo estaba extasiado, para él era una novedad, tanto ver delfines desde tan cerca, como nadar con ellos, no es una mala forma de conocerlos.

Se hacía tarde y todavía teníamos que encontrar un lugar adecuado para fondear y pasar la noche, tras un buen rato lo hemos conseguido. Da miedo, porque estamos muy cerca de la rompiente, pero estamos a sotavento y aunque bornearamos no llegaríamos a tocar, la profundidad se mantiene hasta el arrecife. Lo único que el tenedero es muy malo (roca), si sube el viento tendremos que salir a toda velocidad.

Nuestros amigos nos han seguido durante casi todo el trayecto, y ahora mismo, mientras os escribo en la noche, desde mi camarote con la escotilla abierta, de vez en cuando los oigo resoplar, ¿nos estarán esperando para seguir jugando mañana? Pues si es así se van a enterar, porque no pienso separarme de ellos en todo el día.

Los planes son zarpar antes de que anochezca, nos quedan 260 millas hasta Fatu Hiva, la isla más al Sur de las Marquesas, en un par de días estaríamos allí.

Sed felices.

Kike

PD: la mala noticias es que Reme no estaba, le habrá sido imposible seguirnos en alguna de las planeadas, ojalá encuentre una buena ballena o tiburón que la trate bien.